miércoles, 28 de octubre de 2009

Marcela

Hablo hoy sobre "Marcela" personaje misterioso que aparece en el canto XIV de "El Ingenioso Hidalgo DON QUIJOTE DE LA MANCHA". Personaje que me llamo la atención en particular por ser "libre" y "poderoso". Mujer juzgada y decidida con lo que tenia que decir para su defensa.

Aparece en este capitulo cuando es contada la historia de Grisostomo un pastor que murio de amor, por llamarlo de alguna manera, por la pastora y hermosisima Marcela.

Marcela para mí, representó a la mujer hermosa que es señalada por tener una sola manera de ver las cosas. Es criticada por lo que cual ella defiende muy objetivamente sus puntos de vista, defendiendo lo humano y lo puro, contra lo que los pastores llamaron asesinato u homicidio.

Marcela nunca amo a hombre (según dice ella a los pastores) ella fue señalada por la belleza a tener que amar a hombre, ella dice: "...Hizome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mpstráis, decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de ser amado esté obligado lo que es amado por hermoso, a amar q quien le ama."... pp.97

Así defiendo mi punto de vista al decir que como mujer, siendo tal liberal y conservadora (desde mi punto de vista) considero que tenía todo el derecho a defenderse de las palabras de aquellos pastores que sin conocerla y solo por su hermosura, creyeran que tenía obligación alguna de aceptar a Grisostomo.

Marcela tambien significó para mi la sabiduria, la objetividad femenina en la obra, la cordialidad, lo justo, lo libre de necesidades y pasiones y la rígides. Todo en una sola mujer y en solo un personaje que Cervantes proyecta en pocos capitulos.

No se que tan bien demostré mi interés por este personaje, espero que tengan la misma percepción de ella como la tengo yo.

martes, 27 de octubre de 2009

De la Pastora Marcela


"La imaginación dispone de todo; crea belleza, justicia, y felicidad, que es el todo del mundo."
Blaise Pascal



Como “cruel, y un poco arrogante, y un mucho desdeñosa” se nos presenta a la pastora Marcela, aquella de excepcional belleza quien ha causado, según las acusaciones de los allegados a Grisóstomo, que este joven estudiante, conocedor de los espectros celestes, se arrancara la vida en la vorágine de su pasión. Lo particular del caso, es que mientras la desdicha del enamorado es relatada a Don Quijote, se aparece en el lugar donde se cavaba la tumba de Grisóstomo (el mismo donde se dice que él la miró por vez primera) la pastora Marcela con el propósito de defenderse de los oprobios que le han hecho.

Así, tras dejar totalmente aturdidos con su aparición a los que estaban presentes, estas fueron sus palabras:

“No vengo, oh Ambrosio, a ninguna cosa de las que has dicho, respondió Marcela, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan. Y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas sin saber en cuál habían de parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos; y según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es, el cielo me la dio de gracia sin yo pedirla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda, que ni él quema, ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso; pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquél que por solo su gusto con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que no es obra mía que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquél a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo, ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá, en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda, el que quiera que la tenga, con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a
contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma, a su morada primera.”

Acto seguido que se marchara Marcela entre los montes Don Quijote se aprovecharía de la situación para hacer muestras de su caballería amenazando a aquellos quienes maravillados pretendían ir tras los pasos de Marcela.

He elegido a este personaje entre los que hemos conocido hasta este punto del curso, debido a la singularidad que se nota en la pastora Marcela, quien con palabras esgrime perfectamente su defensa, y, además, de una forma muy original.

No deja de ser absolutamente fascinante el entorno de esta parte de nuestra lectura a pesar de mostrar el rostro de un tópico cuyo trasfondo seguramente ha sido tratado reiteradamente en la historia de la literatura: el grado de culpabilidad, o responsabilidad que lleva el ser humano sobre sí a causa de la belleza, a veces; inconmensurable, como hemos visto en el mítico caso de Helena de Troya.

No hay demasiado que pueda agregarse con el fin de contribuir a la defensa de este tipo de personajes, puesto que bien se han sabido defender. Si se tratase de algo como lo que suele llamar la gente “vida real” o “ser-humano-de-verdad” seguramente la inclinación más común sea el suponer que un individuo atiborrado de tan absurda belleza tiene cierta conciencia del arma que posee al haber sido tocado por este don de ser hermoso; también, podría resaltarse que quizá exista cierto desarraigo que es lo que podría representar el retiro de Marcela entre las aguas y los árboles en un sentido poético; sin embargo, en este plano fuera del libro quizá se lleve la sensación el bien dotado de ser reconocido no más que por su notable belleza, en detrimento de sus ideas o propios deseos. Sería algo como tildar un libro de “bueno” por su cubierta y aquello seguramente debe generar un grado de frustración y culpabilidad.

A fin de no enredar tanto el asunto es importante destacar que hablamos de un mundo ficticio, pero posible. Se cumple y levanta el mejor de los pactos ficcionales debido a que Marcela ha sido expuesta en el libro, más que como bella, o como personaje: como humana.



“¡Oh no; por tus rodillas te ruego que no me mates imputándome un crimen, obra de los dioses! ¡Perdóname!”


Las Troyanas --Eurípides.

domingo, 25 de octubre de 2009

Don Fernando

Don Fernando es un personaje bastante curioso dentro del mundillo del Quijote. Se nos introduce como un personaje dentro de la historia particular de Cardenio, como el malo y traidor de buen linaje, y de pronto se entromete en la historia del propio Quijote, pasando de malo sin moral, a malo apasionado y por último a cabal arrepentido y luego a noble curioso (cuando estando en la venta participa en tantos cuentos, bromas, disputas y engaños).

Este cambio de facetas de don Fernando, además de ser el factor perturbador en la historia de Cardenio, Luscinda y Dorotea, lo hacen a mi parecer un personaje que vale la pena observar.

Sobre todo porque ilustra lo que se habló en clases: la complejidad psicológica de los personajes de Cervantes. Aunque en los primeros trazos, nos pinta Cardenio a don Fernando como un bribón, luego Cervantes con su escritura logrará mostrarnos aspectos de este personaje que lo hacen más completo, contradictorio en sus actos como lo son los seres humanos. Después de enterarnos lo que hace con Dorotea uno no deja de pensar que el tipo es un simple vividor, pero cuando se encapricha con Luscinda y más aún cuando la trata de matar, la persigue hasta un monasterio y la secuestra se da uno cuenta que más que un bribón, don Fernando es un galán con un gran orgullo, fácil de herir. Pero no será todo lo que descubramos de don Fernando. En el encuentro que tienen Cardenio, Luscinda, Dorotea y él en la venta, don Fernando se convierte en un personaje ambiguo, al punto de que uno no entiende al principio porque si se empeñó tanto por Luscinda como la deja tan fácilmente ante su encuentro con Dorotea. Sin embargo, luego se nos da a entender que en aquella situación le pareció a don Fernando muy conveniente que Cardenio se quedara con Luscinda y Dorotea en su lugar se le echara a los pies. Pero no fue sólo por astucia que don Fernando se queda con Dorotea. Después de que Dorotea le llora y le ruega que la acepte como suya (porque hacerla suya, pues, ya lo había hecho) se cuenta en la novela lo siguiente:

"[Don Fernando] lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio que atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrio los brazos y dejando libre a Luscinda, dijo:
- Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas."

¿Podemos decir que don Fernando es un simple bribón? ¿Un bribón que de la caja de personajes arquetipales se sacó Cervantes de la manga para hacer la historia de don Fernando, Luscinda, Dorotea y Cardenio? No, que haga bribonadas es una cosa, pero también es capaz de hacer cosas que atribuimos a otro tipo de personajes. Su comportamiento posterior en la novela nos demuestra que también puede hacer el papel de entrenido hablador, que es una persona curiosa, inclusive que es caballeroso.

Estos personajes que no son siempre iguales, como don Fernando o, mejor aún, como Camila, son una de las cosas maravillosas que le dan chispa a la narrativa de Cervantes. Esa idea de querer siempre sorprender, de enrevesar siempre las cosas de manera novedosa e inesperada, hacen del Quijote un libro que te cuesta soltar por querer saber siempre qué cosa puede pasar, qué personaje puede reaparecer para complicar las cosas o qué puede descubrir Sancho que ponga en duda a su amo o qué invento pueden tramar para engañar a Don Quijote y así etcétera, etcétera.










































Me copio de Elisa. Aquí una ilustración de Doré en la que aparece Don Fernando jurándole a Dorotea, delante de Cristo, que se casará con ella.

viernes, 23 de octubre de 2009

Leonela

Como Doré es el que gusta, aquí me sirvo de su ilustración del capítulo XXXIV.
En el grabado se ve a Lotario, Camila y Leonela (de pie a la derecha).

Leonela es una doncella que interviene en los capítulos XXXIII, XXXIV y XXXV de la primera parte de "El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", donde se cuenta, prosigue y da fin, respectivamente, a la novela del curioso impertinente. Esta doncella sirve a Camila, la esposa del personaje que da título a la historia.
Según se cuenta, se crió junto a su señora, quien la quería mucho y la llevó a vivir consigo cuando se casó con Anselmo, que es éste el nombre del imbécil que arroja a su muy buena esposa a los brazos de su mejor amigo, Lotario. La grandeza de Camila contrasta con la bajeza de su doncella, a pesar de que, en la historia, ambas mujeres cedan ante las palabras del seductor y sean buenas en el arte de fingir.
Leonela es presentada como una mujer independiente y egoísta, tramposa e ingeniosa, cobarde e infiel, que gusta de satisfacer (y lo hace) su propio deseo, aun en perjuicio de su señora. Así, por ejemplo, a pesar del mandamiento de su señora de comer primero y no dejarla sola con Lotario durante el almuerzo, ella se ausenta en estas horas, que ocupa en otros asuntos que le son más gratos.
Esta doncella, de no muy bien proceder, es una entendida en amores que hace la más de las veces, como ya he señalo, lo que le provoca, si es menester, incluso, desobedeciendo lo que se le ordena expresamente.
Inteligente y desvergonzada, Leonela se aprovecha de su conocimiento de la situación en la que se encuentra su señora para hacer, sin el menor recato, lo que se le viene en gana (meter en la casa donde es doncella a su amante), confiada de que su señora la (en)cubrirá y protegerá.
De "Deshonesta y atrevida" la tilda el narrador; su desfachatez será el detonante y ella misma la divulgadora del destino trágico de los demás personajes de la historia.

¿Era algo así lo que había que escribir?

domingo, 18 de octubre de 2009

Pierre Menard, autor del Quijote Por Jorge Luis Borges


Ilustración: "Don Quijote" por Vivapo en Deviantart

A Silvina Ocampo

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.

He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:

a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).

b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).

c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).

d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).

e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.

f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).

g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).

h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.

i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).

j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).

k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.

l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).

m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.

n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ­recuerdo­ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.

o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).

p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)

q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ­la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio­ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.

r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).

s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]

Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]

Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis -­el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­- que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ­decía­ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.

No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.

“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.

El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ­por -consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo xxvi -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:

Where a malignant and a turbaned Turk...

¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”

A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.

No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell- reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas.

También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.

Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.

He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -Tenues pero no indescifrables- de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...

“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”

Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?

Nîmes, 1939

[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.

Cuento/ El Jardín de los senderos que se bifurcan/(1941; Ficciones, 1944)

sábado, 17 de octubre de 2009

El Quijote por Gustave Doré

Algunas ilustraciones de Doré que considero maravillosas; acaso porque, al verlas desde niño, nunca he dejado de sentirlas anteriores al texto de Cervantes, como si Cervantes narrara lo que previamente Doré ilustró.