jueves, 10 de noviembre de 2016

El oficio con mayor utilidad: el poeta Lorenzo de Miranda.





                                                                 El poeta camina aboliendo sus pasos: se arrastra y expande como el camino.                             
                                                                         Las obras de arte existen por necesidad de sentido, nunca por exceso
                                                                                   
                                                                                                                             Epigramas, Alfredo Griz


       El oficio del poeta siempre ha sido cuestionado. La utilidad pasa sobre las palabras y las convierte en sombras y escombros. ¿Es que acaso las palabras no son útiles? ¿No es por medio del lenguaje que somos y damos vida a las cosas?
        La palabra es humana. El sonido, a diferencia de las palabras, se acerca más a lo animal y vegetal, existe algo más allá del sonido que cobija a la naturaleza en su amplitud. Pero la palabra, no cualquier palabra, sino esa, la del poeta, es obra de lo Divino. Con esto no quiero hablar de dioses, de hadas, de duentes o cualquier especie de personaje sobrenatural, sino más bien quiero hablar de lo sobrenatural encarnado en la voz y escritura del ser humano tocado, llamado o invocado por esa llama etérea de lo mágicamente incorpóreo.

       "Poeta se nace, es decir, que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta",expresa don Quijote en su discurso con Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán.

       Desde el razonamiento de don Quijote podemos observar la magnanimidad de la palabra poeta, o mejor dicho, del oficio del poeta. No se forja el oficio, sino que el oficio ya está silenciosamente habitando en el ser de aquel elegido por el cosmos.


               "El poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que solo por saber el  arte quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta" (II, 16).


        La obra de arte es la intensificación de la naturaleza hecha materia física, sonora, visual, táctil, olfativa y gustativa; el arte es cuerpo sensitivo que mueve la psique tanto del artista como de los espectadores.
        Por eso el oficio del poeta, o del artista en general, es la vida. La palabra hecha poesía siempre es fundadora de vida, dadora de existencia. No existe poesía que no nos arroje a las profundidades de nuestro ser. Un verso, una pausa, un silencio puede hacer vibrar el alma de cualquiera. Quizá la utilidad del arte está en la contemplación de lo bello; pero para mí esa utilidad se hace palpable en la experiencia inexplicable que genera en aquel que lee, oye, recita o vivencia la presencia de lo poético.
        El poeta solo es vehículo transmisor del arte, es creador, pero no solo de una obra sino de sensaciones; y lo más impresionante de esto es que cada sentimiento y sensación es única e irrepetible. Cada persona se acerca a la obra de una manera inigualable y eso hace del arte algo universal.

        El personaje que elegí se llama Lorenzo de Miranda, un joven de dieciocho años, estudiante de Salamanca, que en la obra de Cervantes solo puede ser clasificado como poeta; no solo por sus glosas y sonetos, sino por la entrega y pasión que le dedica a la literatura clásica. Su padre, don Diego de Miranda, no ve en él nada digno de honores, ya que lo único que le interesa a don Diego es la utilidad de una profesión reconocida por la sociedad; cosa que no sucede con el oficio que su hijo desempeña. Lorenzo, en cambio, encuentra el placer en los versos de Homero, o en los del mismísimo Virgilio; su pasión radica en el llamado de su arte, de eso que conocemos por vocación.
       Cualquiera que se acerque al personaje de Lorenzo, al menos para aquellos como yo que logramos adentrarnos en sus pensamientos y modo de vida, vemos un filólogo en desarrollo o a un joven poeta con una gran aspiración literaria. ¿Qué más razón para elegirlo como mi personaje ideal? Todo aquel que se dedique al oficio de las letras me entiende, tanto a él como a mí.

        Para concluir, quiero dejar claro la verdadera utilidad del arte. Quien posee el don de hacer poesía, posee el don de labrar en la existencia humana la labor más útil; y esta labor es, hacer volver la mirada de la humanidad al alma de lo que somos: naturaleza, extensión de la creación cósmica. Y tanto la poesía como la naturaleza son hermanas, incluso, tan unidas que a veces llegan a ser lo mismo.


Alison Graü



Bibliografía

  Cervantes, Miguel de. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Barcelona: Planeta, 2000.










































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