lunes, 14 de noviembre de 2016

La verdad sobre Sansón Carrasco

Efraín Gavides Jiménez

Las acciones que ni mudan ni alteran la verdad
de la historia no hay para qué escribirlas.
Don Quijote

     Como para que no quedara duda de su autoría, el avispado artífice de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (se deba o no a la aparición de Avellaneda), fue capaz de (re)escribir su novela línea por línea. Es para ello que el bachiller Sansón Carrasco toma parte en el segundo libro de la obra. Carrasco, no tengo dudas, es un alter ego: el de la autocrítica. Además, una autocrítica no exenta de ironía: “hombres famosos por sus ingenios” dice el bachiller “son envidiados por aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo”.  
     Pero no solo está hecho para la crítica, que ha sido apenas un motivo de la invención literaria. Carrasco, soportando con hidalguía las paradójicas desventuras de un genio narrativo sin par (“El que de mí trata —dijo don Quijote— a pocos habrá contentado”), vindica formidablemente y destina no sé si la gloria, pero sí un ideal de ficción: el descubrimiento de una novela que mezcla “el mundo del lector y el mundo del libro” (Borges, J. L. Otras inquisiciones, 1952). Bien sea paródica o alegóricamente, debemos la-necesidad-de-estudiar-al-Quijote al temperamento de un Sansón Carrasco, para nada realista en su concepción, pero real, cual Miguel de Cervantes.


Cervantes, M. de. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Libro II, Capítulo III.

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