viernes, 11 de noviembre de 2016

Marcela, la libre


“Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escocgí la soledad de los campos: los árboles de estas montañas son mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos; con los árboles y las aguas comunico mi pensamiento y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno de ellos, bien se puede decir que antes de le mató su porfía que mi crueldad.”(14, I)
     Marcela nació con una marca imborrable entre las piernas, pero se reveló a la condición que se le imponía con su voz de frente y el azar a su favor. Quemó vestidos, anillos, corazones, en el gélido fuego de un rechazo contundente y se fue al campo con un gorro de fieltro que no se le caía. Marcela renuncia a la idealización de fragilidad y sutileza. Usa su lengua como un látigo en contra de las imposiciones pues ella crea su propia ley y se gobierna; su vida es incompatible con los derechos del resto del pueblo. Es por esto que, si bien hay muchos personajes grandiosos en El Quijote, ¿Cómo no escojo a Marcela? La mujer que en pleno siglo XVII, cuando su papel no debía ser más que de enamorada, esposa devota o damisela en apuros, se iguala con los hombres sin reconocer privilegio o diferencia fundamental entre géneros. Hay que reconocer su temple y voluntad, pero sobre todo hay que reconocer su época. Desde hace cuatro siglos pactó con la modernidad en donde aún la leemos boquiabiertos.
     No sólo Marcela va en contra toda tradición y no tiene deseo alguno de pasar a las manos de Afrodita, también nos encontramos con la maravilla de que al no querer pertenecer a nadie que no sea ella misma, comparte su belleza solamente con la máxima exaltación de la misma: la naturaleza. Decide vivir con las canciones de las colinas como compañeras de vida. Seguramente en sus sueños de pastora, tiene permitido danzar con las ninfas. Más allá del fingimiento que ofrece a cambio de esta vida, usa sus dedos para la labor diaria y nunca para cubrirse la boca. Sus verdades se esparcen por los aires, son tan firmes que no paran de viajar en el tiempo. El hecho de que haga valer sus deseos y opiniones por encima de cualquiera, le da carácter de villana frente a quien quiere reinarla, pero Marcela no mataría a su honestidad por nadie. De sus leyes tachó el deber de embelesar a otro por simple consideración a la expectativa que tiene el hombre enamorado de estar en el derecho de adueñarse de la mujer, pues lo realmente quebrantable es su ilusión de virilidad frente al rechazo. Por esto el verdadero crímen no sería contradecir los deseos de alguien sino encarcelar el corazon de Marcela, la libre, en virtud del bienestar de otro. ¿Cómo no elijo a Marcela? Si se rehusa a carganr con las cadenas que los demás arrastran sin siquiera poder ver. Se niega a cargar con la responsabilidad de otra vida, no tiene que vivir por alguien que no sea ella misma. Marcela nacio tan desnuda como cualquiera, más hermosa que cualquiera y rehusandose a llevar su marca igual que cualquiera.


Julia Arvelaiz 


No hay comentarios:

Publicar un comentario