viernes, 1 de agosto de 2014

Lazarillo: sabia inocencia.


Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño veía a mi madre y a ni blancos y a él no, huía de él,con miedo para mi madre, y, señalando con el dedo decía:
-¡Madre, coco!
Respondió él riendo:
-¡Hideputa!
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra del muchacho y dije entre mí: "¡cuántos debe haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!". (Anónimo 19).

Anónimo. Lazarillo de Tormes. Caracas, Venezuela: Eduven, 1999.

     A lo largo de la obra, Lazarillo sorprende por su ingenuidad perdurable en el tiempo, aún después de todo el camino que le tocó recorrer. Esta cita en particular, es una muestra de como desde muy temprana edad, envuelto en el seno de su pobre familia, Lázaro era observador y analítico. Era capaz de identificar como los seres humanos solemos juzgar a terceras personas sin antes reconocer en nosotros, aquellas características que nos producen rechazo.
     El joven Lazarillo logró reflexionar y extrapoló las palabras de su hermano a un mundo que desde siempre se ha fijado únicamente en la materialidad y en las fronteras que imponen el color de piel, el género y las clases sociales.
     A través de la picaresca, el autor nos pasea por la triste vida del Lazarillo, nos presenta imágenes tan claras que resultan ejemplarizantes y ayudan a que el lector se sienta identificado con sus palabras y su pensamiento. Todos en algún momento hemos señalado a alguien sin antes pensar en las consecuencias; del mismo modo, todos hemos sido aquel que ha sido rechazado. Nacido en el Río Tormes, Lazarillo, desde la inocencia de la niñez, evoca recuerdos de aquellos momentos y apela a la emoción y la reflexión de quien recorre sus letras.

                                                                                                                         Abigaíl Chacón.



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